Wednesday, September 13, 2017

Sendero de (EL) lobo


Tiempo hace ya de su primer aullido
cuando fue lobato de humilde cuna,
allí donde supo hablarle a la luna,
también nacía su primer colmillo.

Comenzó siendo uno de la camada,
creció en la rudeza de crudos fríos,
aprendió las reglas de sus dominios
y llegó a ser alfa de la manada.

Con su pareja, que duda no quepa,
vivió la historia de su amor divino;
sus hijos nacieron lobos de cepa.

Hoy, por fin, cumplirá con su destino,
tranquilo se retira a las estepas
a vivir el final de su camino.

Roy Lobo (13.sep.2017)

Monday, August 14, 2017

Último recurso


─… ¡debo intentarlo, Güicho, es mi último recurso! ¿Cómo me dijo Suzy? Primero un paso al frente, levanto la rodilla, uno, dos… ahora el otro pie al frente y la otra rodilla, uno, dos… ¡ah! Y levanto los dos brazos apuntando al cielo al mismo tiempo, uno, dos, uno, dos… y grito eso de “¡Ay-ya-ya-ya!, ¡ay-ya-ya-ya!...”.

Por fin desistí de convencerlo de lo contrario y mejor me hice a un lado y me senté en la barda de la azotea donde nos encontrábamos los dos discutiendo lo ridículo de éste, su último recurso: hacer llover con su danza para arruinarle los planes a Pily, una muchacha de su barrio con quien estaba obsesionado.

─¡Güicho!, era así, ¿no? Uno, dos, uno, dos, ¡Ay-ya-ya-ya!, ¡ay-ya-ya-ya!...

─Yo no sé y ni me interesa. Ya bastante incómodo fue para mí llamar y presentarte a mi ex para que te enseñara ese baile. Haz lo que quieras, ya te dije que esas son puras tonterías para mí. Mejor me tomo mi cerveza aquí donde estoy ─volteé hacia la acera de enfrente donde alguien que reconocí caminaba─. ¡Mira! Ahí va Irene, ¡qué bien se ve en ese vestido!

─¡Estás jodiéndolo todo, Güicho! No ayudas a la “conciencia colectiva del cosmos”, entre más seamos, mejor. Ven y baila conmigo, uno, dos, ¡ay-ya-ya-ya... !

─¿En serio crees que puedas hacer llover con un bailecito como ese? Te recuerdo que Suzy no es ninguna chamana ni sacerdotisa ni bruja ni nada de eso, nada más es folclorista de los amerindios. Además casi ni hay nubes, ¿en serio esperas que toda la ciudad se llene de nubes para que Pily no salga hoy a ese paseo con su exnovio? ¿No crees que los “dioses” tienen asuntos más importantes por atender que hacer llover para ti?

─¡Esa es mala actitud, Güicho! ¡Tus “malas vibras” no ayudan! ¡Perdí el ritmo! ¡A ver, otra vez! Uno, dos, uno, dos, ¡ay-ya-ya-ya, ay-ya-ya-ya… !

─¡Al cosmos no le importas, César! Y creo que el universo más bien no quiere que tú y Pily estén juntos. ¿Qué pasó la primera vez que le ibas a hablar? Recibió una llamada justo en ese preciso momento y salió corriendo apurada. Luego, la segunda vez, cruzaste imprudentemente el paso de bicicletas y se estrelló un pobre ciclista contigo, ¿y Pily? ¡Ni en cuenta! Estaba de espaldas y muy lejos para siquiera notar tu accidente y lo golpeado que quedaste. ¿Y luego?, ese fin de semana que le llamaste a su teléfono, no sé cómo conseguiste su número pero, ¡ni se te entendía lo que hablabas! En buen momento se te ocurre conocer el vodka-martini de James Bond y tomarte tres en media hora. Lo bueno, es que nunca supo quién la llamaba y nada más te colgó, gran primera impresión le hubieras dado.

─¡Mejor cállate si no me vas a ayudar, Güicho! ¡Ya me hiciste perder el ritmo otra vez! ¿Sabes qué? Voy a cambiar el paso, al fin todo esto tiene que ver con fe y yo tengo mucha en este momento. ¡Manos entrelazadas por atrás! Y el zapateo era… ¿cómo era? ¿Cómo me enseñó la maestra? Tacón, tacón, punta, punta… sí, creo que así era, uno, dos, tres, cuatro, uno, dos, tres, cuatro y, ¡claro!, el canto: “¡Negrita de mis pesares, ojos de papel volando, a todos diles que sí pero no les digas cuándo… !“.

─¡Ja! ¿Ahora “El son de la negra” va a hacer llover? Mejor intenta con “La llorona”, creo que también la bailaste de niño en la primaria, ¿no? A lo mejor los dioses lloran al verte y por fin nos llueve algo.

Le dije esto con burla y le di otro trago a mi cerveza. Detuvo el baile, subió a la barda y levantando los brazos exclamó al dios del agua:

─¡Vamos Tláloc! ¡Ayúdame! ¿Qué te cuesta una lluvia? ¡Ya perdí el ritmo otra vez! ¡Otro paso! ─bajó de la barda al piso de la azotea y continuó─ El “moonwalker” de Michael Jackson, ese sí me salía bien… sí… así, deslizo con la punta, luego la otra y, ¿cómo era la letra? ¡Ah, sí!: “Billie Jean is not my lover, she's just a girl who claims that I am the one…”, luego me agarro la entrepierna y termino con un: “¡Yiii, jiii!, ¡Auuu!”.

─Se va a morir nuevamente el “Rey del Pop” si te ve bailando, César, pero… tal vez coopere con unas lágrimas, eso sí ─nuevamente le dije con sarcasmo.

─No, ¡no está funcionando, Güicho! ¡Más fe! ¡Necesito más fe!

Detuvo el baile drásticamente y se subió de pie sobre la barda nuevamente y gritó al cielo:

─¿¡Qué quieren de mí!? ¿¡No van a ayudarme en el amor, malditos dioses!? Sólo soy alguien que quiere compartir su vida con Pily, ¿no merezco una ayudita? ¿Dónde están? ¡Los necesito aquí!

─¡Desiste, amigo! Mejor tómate una cerveza conmigo ─le dije.

De repente, por detrás de nosotros encima del techo de la terraza en la azotea donde nos encontrábamos, un cielo nutrido de nubes que no habíamos visto antes se asomaba al tiempo que nos deslumbró un rayo seguido del trueno casi a la par. Siguieron varios relámpagos y César y yo nos quedamos viendo el cielo varios minutos.

No pasó mucho tiempo en que sentí una gota en la cara, ¿habría escuchado Tláloc? César, saltó de la barda hacia el piso de la azotea y volvió a iniciar el baile y canto “originales” con piernas y brazos.

─Uno, dos, uno, dos, ¡ay-ya-ya-ya, ay-ya-ya-ya, ay-ya-ya-ya… !

Impresionado un poco de sentir las gotas, decidí gritar junto con él; sin soltar mi cerveza, ¡por supuesto! Me subí también a la barda y levanté los brazos al tiempo que grité:

─¡Tláloc! ¡Venga esa maldita lluvia! ¡Mójanos con tu santo goteo! ─César volteó sorprendido hacia mi y luego reanudó su baile y yo junto con él. Después de unos minutos en que insistíamos con nuestro “ritual”, el cielo se veía más nublado y llegaron las gotas gruesas y tupidas casi inmediatamente. Detuvimos el baile y él subió nuevamente a la barda de la azotea y con los brazos levantados y puños cerrados gritó:

─¡Gracias Tláloc! ¡Gracias Dios o… dioses! ¡Lo sabía! Lo sabía ─volteó hacia mí─. ¿Ves Güicho? El cosmos SÍ quiere que invite a salir a Pily.

─Pues… hoy Tláloc parece que te hizo caso, César, pero tengo mis dudas todavía ─le di un trago más a mi su cerveza mientras la lluvia comenzaba a arreciar. Decidimos refugiarnos debajo del techo de la terraza.

Mientras, en la acera de enfrente, una muchacha buscaba refugiarse de la lluvia y llegaba casi corriendo hasta un pequeño techo que sobresalía en la entrada de una de las casas. La reconocí inmediatamente.

─¡Güicho! ¡Mira enfrente, es Pily!

Me gritó César señalándome a la muchacha. Aunque arreciaba todavía más la lluvia, caminó hacia la barda y, agitando un brazo, le gritó:

─¡Pily! ¡Hola Pily! ¡Acá arriba!

Después de unos instantes de tratar ubicar la procedencia del grito, volteó hacia donde se encontraba mi amigo y le contestó:

─¿César? ¿Qué haces ahí mojándote? ¡Te vas a enfermar!

─¿Qué?

─¡Que no te mojes! ─el sonido de la lluvia nos impedía escuchar bien a los tres.

─¡Discúlpame, Pily! ¡Está lloviendo por mi culpa! ─le gritó César.

─¡Ay! ¡No te escucho bien! ¿Que está lloviendo por tu culpa? ¿Eso dijiste?

─¿Qué? ¡No te escucho! ¡Espérame ahí!

Sin pensarlo dos veces, bajó como pudo de la azotea y no le importó mojarse en la fuerte lluvia que ya nos empapaba. Lo vi cruzar la calle corriendo y se refugió ahí mismo donde se encontraba Pily. Los vi conversar y luego reírse por algo que ha de haberle dicho mi amigo. Pasaron pocos minutos y, sin más, salieron de su refugio los dos y comenzaron a caminar sin importarles la lluvia. Varios pasos después, César y Pily voltearon hacia donde yo estaba y se despidieron agitando un brazo. Hice lo propio también y les sonreí.

Al verlos ya de espaldas caminando tranquilamente bajo el aguacero, le di un sorbo más a mi cerveza y pensé para mis adentros: “Todavía no me convences, dios de la lluvia, pero… ¿habrá alguna manera en que me ayudes el lunes con Irene?”

Roy Lobo (14.ago.2017)

Tuesday, July 25, 2017

Reencuentro


¡No quiero llegar a la cita!, me aterra que de nueva cuenta nos miremos frente a frente. Y es que todos los días es lo mismo aunque, en cierta forma, ya estoy acostumbrado.

Pero, costumbre o no, sigue siendo incómodo en el mejor de los casos. Y no sólo es que en su cara observaré otra vez reproche, decepción y hasta preocupación; hoy especialmente veré salir nuevamente a la “bestia sedienta” que ha estado escondida por días sin más consuelo que algunos lapsos de sueño obligado por los estupefacientes que a propósito le he suministrado. He estado retrasando la cita pero, la verdad, es que entre más prolongue este encuentro más duro será el golpe que me espera… y le tengo más miedo a ese dolor.

Y es que hace años le hice promesas que hasta hoy no he cumplido. Fue fácil ignorarlo los primeros meses, él y yo acordábamos que el próximo sería… pero así fue cada mes hasta que llegó uno en el que no pude más y para callar su reclamo utilicé drogas; al inicio sólo alcohol pero después cosas más fuertes. Funcionaba.

Entraré a mi casa, seguro inconscientemente buscaré alguna distracción que retrase aún más mi encuentro pero hoy decididamente no haré caso; subiré las escaleras y entraré al sanitario. Colocaré las manos sobre el lavamanos y, lentamente, moveré mis ojos hacia el espejo y observaré con determinación a los ojos de la bestia que me espera impacientemente en las mayores profundidades de mi conciencia.

Roy Lobo (28.nov.2015)

Saturday, July 15, 2017

¿Muerto?


Estoy consciente. Soy consciencia.

Puedo decidir el siguiente instante pues en este momento soy como Dios, parte de Dios y soy Dios porque él es como yo, él es parte de mí y él es yo. ¡Tan fácil que es notarlo! No me explico ¿por qué tardé 88 años (y “pico” ) en darme cuenta? Y, la verdad, es que pude haberlo sabido. Me preguntó, ¿por qué cuando fui concebido lo olvidé?

Hace unos instantes lo recordé y, debo decir, ¡que impresionante es darse cuenta! No puedo creer las “vueltas” que le di a todo este asunto. De haber sabido no hubiera esperado tanto, me hubiera entregado cuando tuve la oportunidad… ¡Ah! La costumbre de decir “hubiera”. Perdónenme por favor, apenas me doy cuenta.

Sin embargo, no me arrepiento. Sí, dejé pasar oportunidades cuando el pensamiento me señaló una y otra vez el camino que yo, por ignorancia, terquedad y flojera decidí pasar por alto pero todo fue parte de este preciso momento. Todo debía suceder así (hasta cuando me pregunté si todo debía ser así).

Tenía que pasar incluso ese “trauma mortífero de la muerte mortal” que tanto distraía mi pensamiento. ¿Por qué me enseñaron a temer la muerte? ¿Por qué me permitieron aprender ese miedo? O la cuestión importante tal vez sea ¿estuvo a mi alcance la respuesta y yo solo decidí cerrar los ojos a lo evidente?

Mal nombre ese que se le dá a la muerte, da una idea de “final”, “hasta aquí”, “no hay más” y... no es verdad, nada más alejado de esas definiciones.

Porque no morí, sigo estando aquí y ahí, sigo siendo allá y acá; soy diferente pero, al mismo tiempo, el mismo. Estoy con todos ellos y soy UNO con todo eso que, en apariencia, dejé. Soy obra y soy recuerdo. Soy mal ejemplo pero también bueno. Soy materia y energía, transformada sí, pero la misma al fin. Soy emoción en unos y acción en otros. No estoy perdido en la inmensa pero claramente finita nada.

Soy inspiración y deseo aunque también decepción y repulsión. Soy odio pero también amor aunque muchos no se hayan dado cuenta.

Así que, en realidad nunca me “fui” a pesar de quedar una extraña creencia de que así sucedió.

Soy verdad, sé lo que es la perfección y, al fin, soy feliz. Comprendo por qué nunca conocí eso estando “vivo” pero también entiendo las razones de mi insistencia en lograrlo.

Mi materia es polvo de estrellas ahora, siempre lo ha sido y yo soy pensamiento, siempre lo fui y siempre lo seré.

¡Qué fácil era! ¡Qué ingenuo fui!

Aquí y ahora, simplemente, ¡soy!

- Roy Lobo (2011)

Thursday, July 6, 2017

Tránsito vehicular


Se encontraba en plena ruta a las metas que había deseado llegar desde hacía ya tiempo. Tenía treinta y cinco años, soltero todavía. Muchos le decían que así estaba bien, soltero, que no cometiera el error de casarse. Su madre, en cambio, no perdía la oportunidad de recordarle que ya quería nietos y que se cambiara diario de camisa para que no conservara esos apestosos humores. Si te vuelves a poner esa pinche playera sudada, es como si no te hubieras bañado m'ijo, decía la madre. Secretamente él deseaba encontrar el amor, nunca lo externó, ni a sus padres ni a los que le decían que así solterito estaba bien.

En ese momento había terminado de pagar una deuda añeja en esa tarjeta que lo mantenía como un foco rojo en el mentado buró de crédito. ¡Cuánto le había costado su ignorancia financiera! Al menos no tenía familia propia a quien arrastrar con él. Pero le costó tiempo y, por supuesto, mucho dinero saldar esa deuda.

Hoy, sin embargo, sonreía. Habían pasado los tiempos del estrés auto-infringido. Hoy se sentía libre mentalmente y lo notaba pues se descubrió a sí mismo pensando en una nueva idea de negocio y en renovar su coche por uno japonés que, según él sabía ya, eran los de batalla. Tenía que ser un automóvil nuevo, no usado ni semi-nuevo, nuevecito de paquete como oyó una vez decir en la radio. Uno al que no se le meta el agua como al suyo y que le permita al menos acelerar un poco en la lluvia. Sí, el coche que manejaba en ese momento había sido una fuente importante de ese estrés vivido en el pasado.

Interesantes tiempos, pensaba mientras regresaba a su casa a comer. ¿Le comentaría a su madre lo de la deuda saldada? ¿Para qué? No le había contado de la deuda todos estos años para no preocuparla. No había caso mencionarle que hoy por fin se había terminado el problema. Haría, en su lugar, algo audaz. Algo que nunca había dicho antes pues en su familia siempre fueron un tanto fríos y faltos de palabras para estas situaciones. Le diría por primera vez y con palabras: mamá, te quiero. Y no es que ella no lo supiera, era una de esas cosas que se asumen y nunca se dicen por falta de costumbre. Él, sin embargo, hoy lo haría.

Así era el optimismo que en ese momento vivía. Hoy, por fin, él daría el primer paso y un brillo en sus ojos destelló.

Mientras, un atorón en el tránsito vehicular hizo que detuviera momentáneamente el coche. Le faltaban únicamente tres cuadras para llegar a casa de sus padres y sólo alcanzó a ver al policía que desviaba la circulación por otra calle. Sonrió al recordar algo que le oyó a un amigo: Con esos mordelones ya no sabes si sentirte seguro o en peligro cuando se asoman.

Él se sabía las calles de memoria y decidió tomar su propia desviación para llegar a su casa, nunca el morbo logró persuadirlo a que viera al muertito (y no es que no quisiera verlo, él reprimía el impulso en su afán de no pertenecer a la nacada como él la conocía). Tomó otra calle y le llevó sólo unos minutos más llegar.

Después de estacionar el auto y entrar a su casa, le extrañó no encontrar a su madre. Debía ya estar ahí como era su costumbre. Tomó asiento en uno de los sillones de la sala de la entrada y reflexionó un momento en cómo le diría a su madre lo que planeaba, era un paso totalmente nuevo para él (y probablemente para toda su familia) pero, estaba decidido, había que hacer cosas nuevas ¡ya!

Para esperarla, decidió hacer algo que hace mucho tampoco hacía: encendió la televisión. Sintonizaba un canal local que seguro había dejado puesto su madre la noche anterior. Estaba a punto de cambiar la señal cuando lo detuvo algo que llamó su atención: un accidente de tránsito. Decidió hacerle caso al morboso naco que siempre lo acosaba en estos casos.

La narradora amarillista de la nota mencionó algo que le llamó más la atención: las calles del accidente. Era el accidente a unas cuadras de su domicilio que había evitado hace unos minutos. Parece que era importante pues el tránsito vehicular se había extendido varias calles a la redonda. El chófer de un minibús urbano con pasajeros dio una vuelta bruscamente cuando un niño en bicicleta cruzó imprudentemente la calle principal. Otros dos autos giraron también cuando vieron muy cercano al minibús y no pudieron evitar chocar entre sí y bloquear las calles.

En ese momento todo comenzó a darle vueltas a su alrededor. Una opresión muy grande sintió dentro de él. No pudo ponerse de pie pues las piernas no le respondieron. Solo acertó a hundirse aún más en el sillón, paralizado por lo que acababa de ver y escuchar en el televisor.

No es que hubiera sido una gran tragedia para la ciudad. El niño en bicicleta, chófer y pasajeros del minibús y los carros salieron ilesos y los vehículos sólo con daños menores. Ningún edificio sufrió daño alguno tampoco. El minibús en su brusca vuelta sólo invadió una de las banquetas.

La única víctima fatal del accidente fue una señora de avanzada edad que caminaba por la banqueta rumbo a su casa, fue arrollada por el minibús que la invadió en su rápida y brusca vuelta. Ella, con su paso lento, no pudo evitarlo.

Era su madre.

- Roy Lobo (2011)

Tuesday, July 4, 2017

¡Maldita gitana!


¡Maldita gitana, sé que algo hiciste!,
no fue en el tarot con tu cartomancia
ni tampoco sirvió la quiromancia,
en mis manos, mi ser no descubriste.

Fueron tus ojos los que me hechizaron,
quedé prendado y ya nada pude hacer,
bastó una mirada de ti merecer
y mi alma y mi ser a ti se entregaron.

A tus voluntades sucumbo ciego,
por ti abandono mi vida mundana,
a tus sombras, hechizado, me apego.

Me adhiero fielmente a tu carabana,
esclavo de tu aliento, a ti me entrego
y grito: ¡maldita… bendita gitana!

- Roy Lobo (8.mar.2017)

Friday, June 30, 2017

Cuatro tequilas


─Ahí están los seises ─dijo Moncho colocando la ficha Seis-Seis en el centro de la mesa.

─Te doblo tu seis ─respondió César con la ficha Seis-Dos.

─Y yo te saco el doble-dos ─agregó Rafa con su ficha Dos-Dos.

Era el turno de Lacho al dominó pero tardaba en decidirse. Hacían ya varios minutos que el rostro de Lacho delataba que se encontraba en otro lado menos en la partida de dominó.

─¿Qué te pasa, Lacho? ─preguntó Moncho.

─¡Toño! ¡Tráeme cuatro tequilas! ─gritó de repente Lacho al cantinero.

─Pero, Lacho, te hace daño, a tu edad y con tus achaques capaz que te nos mueres aquí en la mesa. Además, nos hace daño también a nosotros tres ─advirtió Moncho.

─¡Pues me vale un sorbete mi salud y la de ustedes, Moncho! Además, los cuatro tequilas son para mí sólo ─le contestó Lacho─. ¡Toño! ¿Me oíste? Cuatro tequilas, ¡y del bueno!

─Pues yo no me lo tomaría aunque me lo ofrecieras, Lacho, bonito ridículo haría yo aquí, ¡y a mi edad! ─reclamó César.

─Tú siempre has sido un miedoso, César, siempre tan remilgado y afeitado aquí en el dominó, a tu edad, como bien dices, deberías soltarte más, vivir más la vida, ¿cuánto tienes sin beberte un mezcal siquiera?

─Y tú, ¿qué te traes, Lacho? Andabas desde hace rato muy callado y en este momento reventaste y diciendo puras sandeces ─reclamó ahora Rafa.

─¿Qué reclamas, Rafa? A ver si un día a la semana no le llamas a tu señora para avisarle que ya vas para allá como si no supiera en dónde y con quién estás todos los días.

Y Ramón contestó:

─Ya, Lacho, está bien, somos unos cobardes pero hasta hoy eres bien conocido como ese que no ha pisado tres metros más allá del letrero ese que dice “Bienvenidos a Tlaquepaque”. Si nosotros somos miedosos, tú has estado en este club del dominó de cobardes desde hace cuarenta años. Creo que no quieres decir por qué andabas tan callado desde hace rato. Así que dinos ya qué te pasa, ¿por qué hoy andas tan distraído en el dominó?

Toño, el cantinero, llegó con los cuatro “caballitos” de tequila que acomodó en la mesa junto a Lacho. Inmediatamente, éste tomó uno de los vasitos y se bebió el primer tequila de un sólo trago. Tosió un poco, hizo unos gestos de amargura y se quedó mirando el vaso vacío.

─Esto sí que es bueno ─afirmó con seguridad Lacho a sus compañeros. Tomó el segundo “caballito” y también se lo sorbió de una sola vez con un muy visible gesto de satisfacción. Levantó la mirada hacia sus amigos y con determinación prosiguió con su diálogo─. Amigos… tengo un mal cardiaco muy avanzado y en etapa terminal. Tal vez me muera mañana aunque tal vez les aguante todo el mes pero no más. Apenas lo supe hace unos días y llevo pensando desde ayer qué quiero hacer el tiempo que me queda.

Los tres oyentes se quedaron fríos observándolo, nada salió de sus bocas ni siquiera un respiro. Lacho levantó el tercer vasito de tequila y, nuevamente, de un sólo trago lo bebió completo.

─Insisto, ¡qué buen tequila! ¡muy sabroso, Toño, gracias! ─le gritó Lacho al cantinero. Sacó de uno de sus bolsillos un pequeño marco con un contenido que ya los demás conocían. Volvió la vista a sus compañeros y prosiguió─. Así es amigos, me llega la muerte. Me persigue desde hace meses y ni cuenta me había dado y antes de que me alcance quiero pedirles un favor: como bien saben conservo como mi máximo tesoro esta servilleta con el borrador de una canción de Agustín Lara que escribió él mismo en una de estas mesas cuando yo ocupaba el puesto de cantinero. Ya el maestro Lara era famoso y yo, aunque sorprendido por su presencia, no dejé de atenderlo con tequilas así como hoy me atiende Toño. Ya saben también que don Agustín dejó la servilleta como si fuera basura y yo rápido le pedí que me dedicara en ella el saludo que ya ustedes conocen “A mi amigo Horacio López. Agustín Lara” y al que accedió de muy buena gana el maestro.

”Tengo toda la intención de llevar ésta servilleta a la Casa Museo Agustín Lara, en Veracruz, donde sea expuesta y se vea esta dedicatoria con mi nombre. Yo, que nunca hice nada espectacular ni trascendente en mi vida y que ni siquiera he salido de aquí de Tlaquepaque, tengo la oportunidad de ser visto en un museo, de ser mencionado de aquí en adelante como ‘el misterioso amigo de don Agustín al final de la servilleta’.

A César y a Moncho les comenzaba a correr una lágrima. Rafa salió primero del estupor que le había causado la mala noticia de su amigo y lo interrumpió:

─A ver, espérame, ¿cómo está eso? ¿Estás seguro de ese diagnóstico? ¿No hay nada que se pueda hacer ya? ¿Ya fuiste con otros médicos?

─Ya está revisado y constatado varias veces y con muchas personas. Esperar un corazón nuevo es ya imposible sobre todo por la edad que tengo. Así que ya arreglé documentos y deberes. Es lo bueno de saber que se va uno a morir, se hace uno el tiempo para hacer muchas paces. Lo único que me faltaba era avisarles a ustedes y, ¡heme aquí!

Al ver a sus amigos llorosos, Lacho, también permitió que una lágrima se le saliera y prosiguió:

─El favor que quiero pedirles, amigos, y antes de que pase más tiempo, es que lleven ustedes o alguno de ustedes esta servilleta enmarcada al museo si por alguna razón yo no puedo hacerlo, ¿me pueden complacer?

Todos guardaban un silencio de sepulcro, incluso Toño, el cantinero, no se atrevía a interrumpir para ofrecer algo más a la mesa pues había escuchado todo el monólogo de Lacho desde la barra donde se encontraba limpiando vasos.

─Vas a ver que no será necesario, Lacho, seguramente irás tú mismo a entregar esa servilleta. Así que no te apures ─le respondió a César con precaución.

─Esa es mi intención, César, pero prefiero escuchar su promesa por si mi destino fuera no salir nunca de Tlaquepaque ni siquiera al panteón.

─Está bien, Lacho, yo lo hago ─por fin habló Moncho─, sólo o con éstos dos, yo mismo llevo tu tesoro al museo.

─Cuenta conmigo ─dijo César─.

─Conmigo también, ¡faltaba más! ─agregó Rafa─.

─¡Bien! Pues todo está arreglado.

Lacho levantó de la mesa el último “caballito” de tequila, lo contempló un momento y, sin más, se lo bebió y exclamó: “¡Qué buen tequila!”. No pasó ni un minuto cuando dejó el vasito en la mesa y se llevó la mano a su antebrazo derecho, como si hubiera sentido una punzada. Agachó la cabeza con los ojos muy cerrados, encogiéndose de hombros como haciéndose pequeño. Algo le oprimía el pecho y un instante después… dejó de sentir, todo su cuerpo se relajó y se quedó quieto atrapado ahí entre el borde de la mesa y el asiento donde reposaba.

Después de varios segundos sin reaccionar ante la escena que presenciaban los demás, se levantó Rafa con los ojos llorosos al ver inmóvil a su amigo. Acercándose y tomándole del brazo dijo:

─Lacho, ¡Lacho!

Los tres por fin comprendieron con pesar lo que sucedía.

─Se fue, Rafa, ya nos dejó Lacho ─dijo César y se levantó rodeando a Rafa con su brazo.

Moncho no dijo nada. Otra lágrima apareció en su rostro. Se levantó de su silla y tomó la servilleta enmarcada guardándosela en uno de sus bolsillos.

Roy Lobo (29.jun.2017)
Inspirado en una escena del filme En el último trago” (2014)