Thursday, July 6, 2017

Tránsito vehicular


Se encontraba en plena ruta a las metas que había deseado llegar desde hacía ya tiempo. Tenía treinta y cinco años, soltero todavía. Muchos le decían que así estaba bien, soltero, que no cometiera el error de casarse. Su madre, en cambio, no perdía la oportunidad de recordarle que ya quería nietos y que se cambiara diario de camisa para que no conservara esos apestosos humores. Si te vuelves a poner esa pinche playera sudada, es como si no te hubieras bañado m'ijo, decía la madre. Secretamente él deseaba encontrar el amor, nunca lo externó, ni a sus padres ni a los que le decían que así solterito estaba bien.

En ese momento había terminado de pagar una deuda añeja en esa tarjeta que lo mantenía como un foco rojo en el mentado buró de crédito. ¡Cuánto le había costado su ignorancia financiera! Al menos no tenía familia propia a quien arrastrar con él. Pero le costó tiempo y, por supuesto, mucho dinero saldar esa deuda.

Hoy, sin embargo, sonreía. Habían pasado los tiempos del estrés auto-infringido. Hoy se sentía libre mentalmente y lo notaba pues se descubrió a sí mismo pensando en una nueva idea de negocio y en renovar su coche por uno japonés que, según él sabía ya, eran los de batalla. Tenía que ser un automóvil nuevo, no usado ni semi-nuevo, nuevecito de paquete como oyó una vez decir en la radio. Uno al que no se le meta el agua como al suyo y que le permita al menos acelerar un poco en la lluvia. Sí, el coche que manejaba en ese momento había sido una fuente importante de ese estrés vivido en el pasado.

Interesantes tiempos, pensaba mientras regresaba a su casa a comer. ¿Le comentaría a su madre lo de la deuda saldada? ¿Para qué? No le había contado de la deuda todos estos años para no preocuparla. No había caso mencionarle que hoy por fin se había terminado el problema. Haría, en su lugar, algo audaz. Algo que nunca había dicho antes pues en su familia siempre fueron un tanto fríos y faltos de palabras para estas situaciones. Le diría por primera vez y con palabras: mamá, te quiero. Y no es que ella no lo supiera, era una de esas cosas que se asumen y nunca se dicen por falta de costumbre. Él, sin embargo, hoy lo haría.

Así era el optimismo que en ese momento vivía. Hoy, por fin, él daría el primer paso y un brillo en sus ojos destelló.

Mientras, un atorón en el tránsito vehicular hizo que detuviera momentáneamente el coche. Le faltaban únicamente tres cuadras para llegar a casa de sus padres y sólo alcanzó a ver al policía que desviaba la circulación por otra calle. Sonrió al recordar algo que le oyó a un amigo: Con esos mordelones ya no sabes si sentirte seguro o en peligro cuando se asoman.

Él se sabía las calles de memoria y decidió tomar su propia desviación para llegar a su casa, nunca el morbo logró persuadirlo a que viera al muertito (y no es que no quisiera verlo, él reprimía el impulso en su afán de no pertenecer a la nacada como él la conocía). Tomó otra calle y le llevó sólo unos minutos más llegar.

Después de estacionar el auto y entrar a su casa, le extrañó no encontrar a su madre. Debía ya estar ahí como era su costumbre. Tomó asiento en uno de los sillones de la sala de la entrada y reflexionó un momento en cómo le diría a su madre lo que planeaba, era un paso totalmente nuevo para él (y probablemente para toda su familia) pero, estaba decidido, había que hacer cosas nuevas ¡ya!

Para esperarla, decidió hacer algo que hace mucho tampoco hacía: encendió la televisión. Sintonizaba un canal local que seguro había dejado puesto su madre la noche anterior. Estaba a punto de cambiar la señal cuando lo detuvo algo que llamó su atención: un accidente de tránsito. Decidió hacerle caso al morboso naco que siempre lo acosaba en estos casos.

La narradora amarillista de la nota mencionó algo que le llamó más la atención: las calles del accidente. Era el accidente a unas cuadras de su domicilio que había evitado hace unos minutos. Parece que era importante pues el tránsito vehicular se había extendido varias calles a la redonda. El chófer de un minibús urbano con pasajeros dio una vuelta bruscamente cuando un niño en bicicleta cruzó imprudentemente la calle principal. Otros dos autos giraron también cuando vieron muy cercano al minibús y no pudieron evitar chocar entre sí y bloquear las calles.

En ese momento todo comenzó a darle vueltas a su alrededor. Una opresión muy grande sintió dentro de él. No pudo ponerse de pie pues las piernas no le respondieron. Solo acertó a hundirse aún más en el sillón, paralizado por lo que acababa de ver y escuchar en el televisor.

No es que hubiera sido una gran tragedia para la ciudad. El niño en bicicleta, chófer y pasajeros del minibús y los carros salieron ilesos y los vehículos sólo con daños menores. Ningún edificio sufrió daño alguno tampoco. El minibús en su brusca vuelta sólo invadió una de las banquetas.

La única víctima fatal del accidente fue una señora de avanzada edad que caminaba por la banqueta rumbo a su casa, fue arrollada por el minibús que la invadió en su rápida y brusca vuelta. Ella, con su paso lento, no pudo evitarlo.

Era su madre.

- Roy Lobo (2011)

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